Valores y nuevos aires educativos

El sentido de la vida

Un camino por hacer

Tengo amigos en el ámbito educativo que me cuentan como se está viviendo, especialmente en el entorno a la educación pública, una especie de intento de revolución desde dentro, ya que desgraciadamente no estamos en Finlandia y nuestro sistema educativo está en manos de los políticos. Personajes como Carlos González, Jack Kornfield, José María Toro, Luís López González, Fernando Tobías Moreno, enfatizan la necesidad de trabajar en los colegios destrezas y competencias que complementen a las tradicionales (basadas en la repetición y la memorización), como son la consciencia, el equilibrio emocional, la atención, el autoconocimiento, etc., destacando también la importancia de la educación en valores. Y es en este último aspecto en el que quiero centrar este artículo.

Aquí, como en todo, considero que la filosofía tiene mucho que decir. Un valor es aquello a lo que le dedicamos energía porque lo consideramos «valioso». Aquello que se considera valioso deviene de una ética, que puede ser tanto una ética personal como una ética social, que se plasma en una forma de ser y de estar en el mundo. De ahí que la palabra ética provenga del vocablo êthos, que posee dos sentidos fundamentales. El primero viene a significar el suelo firme, el fundamento, del que brotan todos los actos humanos. El segundo, a partir de Aristóteles, significa «modo de ser». Ambas acepciones son complementarias: el fundamento ético se plasma en un modo de ser, de actuar.

Grandes filósofos éticos nos han transmitido que los valores de cada época y de cada persona se derivan de la idea de «Hombre» que se posee. Si tantas voces reclaman la importancia del cultivo de ciertos valores es porque nuestra ética se sustenta en un ideal humano muy limitado. No vemos a los hombres como gigantes en potencia, sino como enanos llenos de defectos y contradicciones, y esta creencia es alimentada por una sociedad que no fomenta la verdadera grandeza (que no es ganar una final en alguno de los deportes de moda o un Óscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas).

El filósofo Inmanuel Kant nos dejó una fórmula infalible para dilucidar cualquier cuestión ética: obra de modo que puedas querer que lo que haces sea ley universal de la naturaleza, es decir, plantéate si te gustaría vivir en un mundo en el que todos hiciesen lo que tú pretendes hacer. Y aquí entrarían en juego el desarrollo de algunas habilidades antes mencionadas como la atención, la consciencia o el autoconocimiento como forma de desarrollo del discernimiento y de la libertad interior que se requiere para enfocar lo que hemos discernido como correcto.

Se trata de «hacerse a uno mismo», como decía Aristóteles, ir estableciendo una escala de valores propia y personal que haga de brújula de nuestras expresiones vitales, pues sin guía actuamos conforme impulsos, modas, presiones sociales o lo que otros dicen que debemos hacer. Cuando se entra en este círculo se termina perdiendo el sentido de lo que se hace y por qué se hace. Un buen número de crisis personales nacen de esta pérdida de sentido, de suelo firme donde descansar y desde donde impulsarse.

Inmanuel Kant ya instaba a los hombres de su tiempo a que abandonasen la minoría de edad, que implica que los demás te digan lo que tienes que hacer, decir y pensar. Quizás, desde estos nuevos aires educativos, esté más cercano ese momento con el que tanto soñó Kant y podamos ver los primeros brotes de unos hombres y mujeres de solidas y bien fundamentadas convicciones, respetuosos consigo mismos y con los demás, de mentes despiertas y creativas, de espíritus libres que tengan al resto de los seres humanos, y por extensión el planeta en el que viven, como el bien más preciado.

Artículo aparecido en Homonosapiens

La verdad en Pitágoras

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Leí una vez, no recuerdo dónde, que algunos estudiosos afirmaban que la historia de la filosofía es la historia de los comentaristas de Platón1, tanto a su favor como en su contra. Quizás sea una observación exagerada, pero tras ella sin duda hay una gran verdad: que la figura de Platón es clave en la evolución del pensamiento occidental. Y si tenemos en cuenta que Platón, a su vez, fue un extraordinario receptor y renovador de la filosofía pitagórica, podremos hacernos una idea de la gran influencia que el misterioso Pitágoras ha tenido en la filosofía de Occidente.

Platón, en la República, alaba el modo de vida pitagórica en estos términos (600 B):

¿Oímos acaso, que Homero, durante su vida, llegara a ser para cierta clase de gente un guía personal de su educación? ¿Hay algunos que los admiraron, como admira un discípulo a su maestro, y transmitieron a las generaciones venideras un modo de vida homérico, a la manera de Pitágoras, que fue especial y personalmente amado por este motivo y cuyos discípulos, hasta nuestros días, son famosos entre el resto de los hombres por el modo de vida pitagórico, como ellos lo llaman?

Y es que para Pitágoras la filosofía era, en última instancia, la búsqueda de una excelencia personal que llevase al hombre a ponerse en armonía con su verdadera naturaleza, su verdadero ser, y para hallar esta armonía indagaba en la naturaleza a fin de conocer sus leyes y vivir acorde a ellas. Esta máxima, atribuida a Pitágoras, creo que ejemplifica perfectamente esta idea:

Vivir de acuerdo con la naturaleza es vivir según los dioses

Que el padre de las matemáticas y de la cosmología filosófica no olvidara en ningún momento que esa búsqueda racional/filosófica tenía un fin que iba más allá de ella misma es uno de los aspectos que más admiro de este gran filósofo. De sus observaciones deduce que el universo es un cosmos ordenado, una armonía de la que emana una belleza perfecta. Esa belleza está implícita en todo lo manifestado: en las estrellas, en el hombre, en las plantas, en los animales… Para el pensamiento pitagórico existe una estrecha relación de parentesco entre todo lo manifestado, pues compartimos una misma alma manifestada en múltiples formas.

Toda su búsqueda gira en torno a una concepción de la verdad como aletheia, como desvelamiento de aquello que permanece en las sombras. La verdad no es algo que está fuera del hombre, está en su naturaleza, en su alma emparentada con el alma del mundo. En este sentido la verdad como aletheia hace referencia al desvelamiento del ser. Dado que la sabiduría está en el hombre, lo único que hay que hacer es desvelarla, retirarle el velo de la ignorancia; de ahí que la búsqueda de la verdad, en Pitágoras, sea un viaje de índole íntimamente espiritual. Nadie con nombre y apellidos puede agenciarse de esa verdad como si fuera un descubrimiento individual, de ahí que todos los pitagóricos firmasen sus obras con el nombre de su maestro.

Parentesco entre todas las criaturas que pueblan la naturaleza, desvelamiento del ser, la búsqueda del conocimiento como viaje a las profundidades de la propia alma… Creo que la filosofía pitagórica es de una actualidad incuestionable, y es que cuando el amor a la verdad (φιλοσοφία, «amor por la sabiduría») es auténtico los tesoros hallados brillan a través de las edades sin perder jamás su capacidad de dar luz.

1 “Toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”, North Whitehead.

Artículo aparecido en la revista digital Homonosapiens